Me llegó a la mano un libro titulado, “Creer es también pensar”, del Dr. John Stott. En este libro el autor presenta la importancia de dar, al pensamiento humano, el lugar que le corresponde en la comprensión de la fe. Para el Dr. Stott “muchos tienen celo sin conocimiento, entusiasmo sin instrucción. Es bueno el entusiasmo. Pero Dios quiere ambas cosas: entusiasmo dirigido por conocimiento, y este, inflamado por el entusiasmo.”
Como todos sabemos, Dios nos creó diferentes a los animales que carecen de la capacidad de razonar y de decidir por su propia cuenta, algo que nosotros poseemos como don exclusivo de parte del creador.
Para muchos el pensamiento, la intelectualidad y el sentido común no tienen lugar en el ámbito de la fe, pero este tipo de razonamiento está lejos de la realidad. Debemos recordar que “el principio de la sabiduría es el temor a Jehová”.
Debemos pensar con profundidad
En Romanos 12:2, el apóstol Pablo escribe: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento para que comprobéis cual sea la buena voluntad de Dios agradable y perfecta”. Tenemos el compromiso de renovar nuestro entendimiento, por lo menos es un desafío que Dios nos hace si deseamos llegar a comprobar su voluntad. Es un deber utilizar nuestra mente, o sea, todo elemento hábil de esta, para comprender la voluntad de Dios.
En un análisis serio de Las Escrituras, es posible verificar que Dios desea que nuestra fe se fundamente, que pueda sustentarse y también demostrarse. A pesar de ser un elemento concebido como abstracto, el ser humano puede llegar a entender la fe que tiene en Dios y aferrarse a ella.
Para esto, el pensamiento y el razonamiento deben ser parte de lo que creo, y debe serlo de forma autóctona. Debo llegar a conclusiones personales, a poder plasmar mis propias experiencias para llegar a una plena comprensión de lo que he creído.
Al respecto leemos lo que expresó Elena G. de White, “Nuestra fe debe tener un fundamento sólido; debe fundarse en la Palabra de Dios, y sus resultados se verán en términos de obediencia a la voluntad revelada de Dios…” Signs of the times 16 de junio de 1890.
Podemos ser objetivos en la manera en que manifestamos nuestras creencias. La confianza en lo que creemos tiene una forma de ser demostrada. El hecho de que no podamos comprender esa demostración no significa que no existe.
Cuando un cáncer es curado, después de un diagnostico reservado, sin que exista la explicación médica para ello, es una muestra de que la Fe es demostrable. Es posible que no la entendamos, pero si podemos estar conscientes de su manifestación.
El autor de la epístola a los Hebreos nos presenta la fe como “la certeza de lo que se espera”, ¿cómo podemos estar seguros de la FE? Sólo por el hecho de su origen.
Cuando tenemos fe en algo sólido, por ejemplo las promesas de Dios, podemos estar tranquilos en medio de una situación que demande de nuestra confianza.
Sin embargo, cuando la fe no tiene un fundamento sólido, se esfuma como agua entre los dedos. Es por ello que muchos, al creer a través de fundamentos poco fiables, son propensos a necesitar de elementos externos que sirvan como muletas (AMULETOS), llegando a creer que cuando estos no los tienen están expuestos y desprovistos.
La fe de los jóvenes hebreos
Un ejemplo de una fe práctica fue la gran demostración de confianza hecha por Ananías, Misael y Azarías; los tres jóvenes hebreos del relato de Daniel 3. En esta historia podemos destacar dos elementos que demuestran un conocimiento amplio de la fe que profesaban estos jóvenes.
En primer lugar, ellos reconocían que no pertenecían a aquel lugar.
A pesar de que estaban en posiciones importantes en el reino, y que de alguna manera habían alcanzado éxito político, no olvidaron el hecho de que su fe no era la misma que la de los habitantes de aquel lugar. A pesar del tiempo que tenían establecidos en aquel país pagano, no se contaminaron con la idolatría y el politeísmo reinante, sino que se aferraron a sus creencias.
En segundo lugar, estaban conscientes de que, si Dios era el soberano de sus vidas, él podía disponer de ellas, por lo que no tuvieron temor de colocar en las manos de Dios el destino de sus días en Babilonia. Y desafiaron al arrogante rey Nabucodonosor que, cegado por el orgullo y la pasión por sí mismo, los arrojó al horno de fuego. Pero la fe de ellos tres fue notoria para toda la nación.
La adoración que se practicaba en aquella cultura carecía de fundamento. Se practicaba un culto sin sentido ni razón, y como mencionamos anteriormente, necesitaba elementos exógenos para que los sentimientos fueran influenciados y de esa manera suplir la falta de conocimiento y sabiduría necesarios para una correcta adoración.
En el libro “Secretos de Daniel”, el Dr. Doukhan escribió este párrafo, que comparto con ustedes: “Este episodio del libro de Daniel nos advierte de una religión estrictamente emocional. La emoción puede ser parte de la experiencia religiosa únicamente cuando va unida a la reflexión y al pensamiento”.
La Biblia dice que se juntaron todos los gobernadores y príncipes para ver el milagro obrado por el Dios del cielo en respuesta a la fe de los jóvenes.
Gracias a esta historia de fe práctica podemos comprobar que la verdad y el conocimiento no deben estar divorciados de la Fe.
Elena G. de White escribió: “Tenemos marcadas ilustraciones acerca del poder sostenedor de los principios religiosos firmes. … El insaciable foso de los leones no pudo impedir que Daniel continuara con sus oraciones diarias, ni tampoco el horno de fuego fue capaz de inducir a Sadrac y a sus compañeros a postrarse delante del ídolo que Nabucodonosor había levantado. Antes que ser hallados infieles a Dios, los jóvenes de principios firmes desdeñarán el placer, soportarán el dolor y desafiarán el foso de los leones y el horno de fuego ardiente.
Nuestra meta celestial
Cada cristiano aquí presente tiene una meta. Pablo escribió que cada día debemos tener los ojos puestos en “Jesús, autor y consumador de la FE”. Hebreos 12:2
Nuestra fe tiene un punto en el cual todos queremos converger, encontrarnos. Ese punto es llegar a estar presentes cuando se manifieste en las nubes de los cielos el hijo del hombre.
Su promesa “Vendré otra vez”, está latente en nuestro corazón, no sólo porque lo leemos en su palabra, Juan 14: 1-3, sino porque “arde nuestro corazón”, porque es la fe por la cual vivimos.
Juan lo expresó de esta manera: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva”. El experimentó lo que nosotros ahora por fe sólo podemos imaginar.
Pero esa promesa no se sustenta sólo en Juan.
Cristo prometió volver, y personalmente Le creo.
Le creo, porque le dijo al ciego mira, y el ciego pudo ver.
Le creo, porque le dijo al cojo anda, y anduvo
Le creo, porque un día tocó mi corazón y pudo hacer por mí lo que no podía hacer yo por mí mismo.
Hoy Dios desea que tú mantengas tus pies, en la tierra.
Prepárate, estudia, lucha, siempre de la mano del Señor. Pero tu vista, tu visión y tu futuro, no son de este mundo.
Hay un cielo nuevo, que Dios ha preparado.
Hay una tierra nueva, que Dios hará para ti.
Sigue adelante, con tus pies en la tierra, pero con tu vista en el cielo…
Dios te bendiga.
