Perdonar es uno de los verbos más dificiles de conjugar, sobre todo, en primera persona del singular. Sin embargo nos gustaría ser favorecidos con él en todos tiempos verbales. «Perdonar no es tarea fácil», dicen muchos, pero la realidad es que para poder saborear el gusto de perdonar hay que aprender «haciendo», como la mayoría de las cosas en la vida.
Pedro no quería seguir la línea tradicional del conocimiento. Él deseaba hacer lo menos posible. Por eso fue al Señor con un número prefabricado de perdón. Eligió siete y tenía razonez para ello. La tradición judía enseña que lo NATURAL era perdonar tres veces, o sea, el mismo hecho en tres oportunidades diferentes. Pedro duplicó esta cantidad considerando como un acto de amor incalculable, el llegar a tal cantidad de absoluciones. Quería gozar de la aprobación de Jesús, por ello añadió una más, para cubrir toda duda.
Tres, más tres, mas una y voalá, el número perfecto. ¿Qué mejor que eso?
Con el en mente se acercó al maestro y recibió tremendo desencanto. No hasta siete Pedro, sino hasta setenta veces siete.
Lo natural para nosotros y nuestra mente occidental, es que iniciemos un calculo para saber cuanto es setenta veces siete, eso limitaría a 490 las veces que debo perdonar la misma ofenza. Estoy casi seguro que nadie lo haría.
Sin embargo, desde la rica perspectiva oriental, esta cantidad más que numérica era espiritual. El mensaje de Jesús fue claro. El perdón debe ser pleno, completo. Setenta veces 7. No queda duda que la matemática de Dios coincide con él. Es completa.
Que Dios nos ayude a perdonar plenamente y que nos permita valorar el perdón que hemos recibido de él.
Dios les bendiga.
