
Por: Fernando Guerrero, de los Heraldos Celestiales.
Un preso fue puesto en libertad después de pasar cuatro años y medio en prisión. Otro hombre había confesado el crimen por el que él había sido condenado. Dijo a un reportero que no estaba enojado con el hombre cuyo crimen lo había enviado a prisión, ni con los que erróneamente lo habían identificado, ni con el tribunal que lo condenó. Dijo que había sido su propia culpa, pues previamente había estado dos años en prisión por robar en una gasolinera. Debido a ese antecedente fue condenado por un crimen que no había cometido.
En nuestra vida muchas veces somos culpables de las cosas que nos ocurren. Siempre he sostenido que lo que hacemos en nuestra juventud por inexperiencia lo paga nuestra vejez por necesidad. O sea todo lo que sembramos, necesariamente lo cosecharemos.
Si sembramos la fama de mentirosos no debemos quejarnos cuando las personas no nos crean cuando decimos la verdad. La mala o buena fama dará sus malos o buenos frutos. De ahí el refrán “Cría fama y acuéstate a dormir”.
El preso de nuestra anécdota de hoy tenía un buen espíritu; no guardaba rencor a nadie; se culpó el mismo sabiendo que con sus antecedentes nadie podría pensar que él no sería capaz de cometer un delito pues ya lo había antes. Ese es precisamente el problema de nosotros los humanos, cuando fallamos quedamos fichados para siempre, no importa que luego actuemos bien, nuestra ficha nos seguirá mientras estemos vivos y nunca se cumple la pena por el fallo cometido.
Así ocurre con las personas que no perdonan las ofensas de los demás las lleva clavadas en su corazón por años, sufriendo cada instante de su vida sin sosiego, sin descanso, diciendo a veces de boca que han perdonado, pero que no pueden olvidar lo ocurrido.
A ésta clase de personas se le secan los huesos, no encuentran paz ni tranquilidad. Me pregunto si cuando somos nosotros los que fallamos. ¿Nos gustaría ser perdonados?, ¿O es que acaso nos consideramos perfectos?
Cuántas gracias podemos dar por tener un Dios como el que tenemos; un Dios tardo para la ira y grande en misericordia; un Dios perdonador y que olvida nuestras transgresiones; un Dios tan amoroso que dio su hijo Jesucristo que nos dio un ejemplo tan grande que aún en la cruz del calvario pudo implorar perdón por aquellos que le quitaban la vida.
Si no sabemos perdonar, por favor no utilicemos la palabra cristiano cuando queramos expresar nuestro credo. El cristianismo es amor, amor es perdón y mientras más grande sea nuestro amor más grande será nuestra capacidad para perdonar. Es muy fácil condenar cuando no se ama. Esa fue la lección de Dios al profeta Jonás.
Ojalá la vara de la justicia sea tan larga en nuestra vida que tan solo sea superada por la del perdón.
Que Dios nos bendiga.
