El concepto arrepentimiento se encuentra tanto en el AT como en el NT. Deriva de dos palabras. Hebreo נחם (Naham) y Griego, metanoew (Metanoeo), significa tener un cambio de mentalidad.
Muchas de las ocasiones en la que se usa el concepto en el AT, se refieren a Dios. Por ejemplo en Gn 6:6 dice «y se arrepintió Jehová de haber hecho al hombre en la tierra, y le dolió en su corazón». Otro ejemplo lo podemos observar en Éxodo 32:14, «Entonces Jehová se arrepintió del mal que dijo habría de hacer a su pueblo».
Sin embrago, el tema central del arrepentimiento en la Biblia se relaciona con la reacción del hombre en respuesta al llamado de Dios. Una expresión clásica de esta doctrina, en donde se puede apreciar con mayor claridad es el libro del profeta Ezequiel 33:10-20.
El arrepentimiento es la respuesta que Dios espera a su llamado. La Biblia lo presenta como un acto de sentir pesar por el pecado. O sea, no se trata de sentirse mal por haber hecho algo malo, más bien se trata de sentir repudio por eso que se hizo mal.
El ser humano está conectado a Dios desde su nacimiento. Podemos llegar a esa conclusión cuando leemos lo que escribió Salomón en Eclesiastés 3:11
«Todo lo hizo hermoso en su tiempo, y ha puesto eternidad en el corazón del hombre, sin que este alcance a comprender la obra hecha por Dios desde el principio hasta el fin».
Dios colocó en el corazón humano la necesidad de eternidad. Sin embargo, la entrada del pecado, ha provocado que nuestra búsqueda de esa eternidad, sea obstaculizada por elementos seculares que interfieren en nuestro carácter, de tal manera que no podemos entender la razón por la que nuestra existencia se hace hueca, vacía y sin sentido.
A pesar de esto insistimos, tratamos de seguir adelante pero, la mayor parte del tiempo, separados de Dios. (Isaías 59:1-2).
Es por esto que sentir arrepentimiento es sólo la primera fase. La segunda la comprende el perdón y la justificación.
Hoy veremos el llamado de Dios al arrepentimiento, más adelante trataremos los dos tópicos restantes.
El llamado al arrepentimiento
El arrepentimiento es un llamado de Dios.
En Jeremías 18:11 él dice:
«Ahora, pues, habla a todo hombre de Judá y a los moradores de Jerusalén, diciendo: Así ha dicho Jehová: “He aquí que yo dispongo mal contra vosotros, y trazo contra vosotros designios; conviértase ahora cada uno de su mal camino, y mejore sus caminos y sus obras”».
Ez.18: 30-32
«Por tanto, casa de Israel, yo os juzgaré a cada uno según sus caminos, dice Jehová, el Señor. Convertíos y apartaos de todas vuestras transgresiones, y no os será la iniquidad causa de ruina. Echad de vosotros todas vuestras transgresiones con que habéis pecado, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por qué moriréis, casa de Israel? Porque yo no quiero la muerte del que muere, dice Jehová, el Señor. ¡Convertíos, pues, y viviréis!
El llamado de Cristo fue al arrepentimiento.
Mr. 1:14-15
«Después que Juan fue encarcelado,[b] Jesús fue a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios. Decía: «El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado. ¡Arrepentíos y creed en el evangelio!»
Lucas 13:1-5
«En este mismo tiempo estaban allí algunos que le contaban acerca de los galileos cuya sangre Pilato había mezclado con los sacrificios de ellos.[a] Respondiendo Jesús, les dijo: –¿Pensáis que estos galileos, porque padecieron tales cosas, eran más pecadores que los demás galileos? Os digo: no, antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente. O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén? Os digo: no, antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente».
Apocalipsis 2:5, 16,
«Recuerda, por tanto, de dónde has caído, arrepiéntete y haz las primeras obras, pues si no te arrepientes, pronto vendré a ti y quitaré tu candelabro de su lugar».
«Por tanto, arrepiéntete, pues si no, vendré pronto hasta ti y pelearé contra ellos con la espada de mi boca».
El ser humano necesita reconocer su necesidad de Dios. Por medio del arrepentimiento se inicia el camino hacia Dios.
- Reconocimiento del pecado.
- Reconocimiento de nuestra naturaleza pecaminosa
El pecador no es el culpable del pecado, sólo es una víctima, pero eso no lo hace inocente de sus actos pecaminosos.
Cuando se comete pecado, dice la palabra, se viola la ley. Pero no sirve de nada saber cómo se comete pecado.
Lo que debe saber el ser humano es porqué se comete pecado.
Existe un problema de naturaleza, de carácter.
Este es el punto más importante. Si no reconocemos que estamos dañados, nunca estaremos hábiles para ser transformados. Pablo dice lo siguiente al hablar del pecado y sus consecuencias:
Romanos 3:23; 6:23
«Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios […] porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro».
Esto nos lleva a una conclusión:
Debemos ser cambiados para poder realizar actos correctos.
Mientras la naturaleza de pecado domina nuestros actos, lo que realicemos estará salpicado por el pecado. Por lo tanto, el ser humano necesita reconocer que está EN PECADO, para poder ser restaurado.
Este reconocimiento lo llevará a comprender que esa es su mayor necesidad.
Cuando esto es comprendido, es cuando el arrepentimiento llega y provoca la necesidad de perdón, entonces la gracia actúa.
Walter Raymon Beach, lo describe de esta forma:
«Por medio de la gracia de Dios manifestada en Cristo, la actitud del pecador hacia Dios y su ley puede cambiar».[1]
Entonces, con una mente transformada, tenemos la capacidad de apreciar lo que Dios ha hecho por nosotros por medio de Cristo en la cruz.
Cuando estamos conscientes de nuestra condición es cuando se inicia el proceso de la salvación, el cual incluye el arrepentimiento, perdón y justificación.
Es necesario el arrepentimiento para alcanzar la salvación. En el Apocalipsis, el Señor enfatiza la necesidad del arrepentimiento.
«Recuerda, por tanto, de dónde has caído, arrepiéntete y haz las primeras obras, pues si no te arrepientes, pronto vendré a ti y quitaré tu candelabro de su lugar». (Ap. 2:5)
Y el mensaje final al pueblo remanente es:
Apocalipsis 3:14-19
«Escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: «El Amén, el testigo fiel y verdadero, el Principio de la creación de Dios, dice esto: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Tú dices: Yo soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad. Pero no sabes que eres desventurado, miserable, pobre, ciego y estás desnudo. Por tanto, yo te aconsejo que compres de mí oro refinado en el fuego para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez. Y unge tus ojos con colirio para que veas. Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso y arrepiéntete».
El llamado de Dios a su pueblo es al arrepentimiento. Así ocurrió en la iglesia apostólica, «Bajo la influencia del Espíritu, las palabras de arrepentimiento y confesión se mezclaban con cantos de alabanza por el perdón de los pecados… Miles se convirtieron en un día»[2]
«La mayor y más urgente de todas nuestras necesidades es la de un reavivamiento de la verdadera piedad en nuestro medio. Procurarlo debiera ser nuestra primera obra. Debe haber esfuerzos fervientes para obtener las bendiciones del Señor, no porque Dios no esté dispuesto a conferirnos sus bendiciones, sino porque no estamos preparados para recibirlas.
Nuestro Padre celestial está más dispuesto a dar su Espíritu Santo a los que se lo piden, que los padres terrenales a dar buenas dádivas a sus hijos. Sin embargo, mediante la confesión, la humillación, el arrepentimiento y la oración ferviente nos corresponde cumplir con las condiciones en virtud de las cuales ha prometido Dios concedernos su bendición.1MS 141 (1887).
“Debe haber un reavivamiento cabal entre nosotros. Debe haber un ministerio convertido. Debe haber confesiones, arrepentimiento y conversiones. Muchos que están predicando la Palabra necesitan la gracia transformadora de Cristo en sus corazones. No debieran permitir que nada les impida hacer una obra cabal antes que sea demasiado tarde”. Carta 51, 1886.[3]
Dios ha tocado nuestro corazón, el ha querido que comprendas la necesidad de arrepentimiento que tenemos.
