Por: Domingo Guzmán
Tema presentado el Sábado 24 de enero de 2026
Iglesia Central San Cristóbal
Introducción – Sermón Efesios 2:19
Hermanos, todos en algún momento de la vida hemos experimentado lo que es no pertenecer.
Entrar a un lugar donde nadie nos conoce, donde sentimos que somos solo visitantes, donde estamos… pero no somos parte. Esa sensación de estar cerca, pero al mismo tiempo lejos, no es extraña al ser humano.
Y curiosamente, esa misma experiencia espiritual la vivían muchos de los creyentes a quienes el apóstol Pablo escribe la carta a los Efesios.
Efesios no es una carta escrita para corregir un gran pecado ni para apagar una crisis urgente. Es una carta escrita para recordar identidad. Pablo le escribe a una iglesia formada mayormente por gentiles —personas que por siglos habían sido consideradas fuera del pueblo de Dios— y les recuerda quiénes son ahora en Cristo.
La carta a los Efesios nos habla de las riquezas espirituales que tenemos en Jesús, del plan eterno de Dios, de la gracia que nos salvó, y del propósito de la iglesia como el cuerpo de Cristo. Es una carta profundamente teológica, pero al mismo tiempo muy práctica. Nos dice no solo en qué creemos, sino cómo vivimos a la luz de esa verdad.
Y por eso, esta carta tiene un valor enorme para la iglesia de hoy.
Porque vivimos en un mundo donde la identidad está en crisis, donde muchas personas asisten a la iglesia pero aún se sienten fuera, donde hay creyentes que conocen la doctrina, pero no viven con la seguridad de que pertenecen.
Efesios nos recuerda que la salvación no es solo el perdón de pecados, sino un cambio total de posición. No solo somos rescatados del pecado, sino introducidos en una nueva realidad.
En el capítulo 2, Pablo describe quiénes éramos antes: muertos en delitos y pecados, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero luego usa una de las expresiones más hermosas del evangelio: “Pero Dios…”
Y a partir de ahí, todo cambia.
El versículo que hoy vamos a considerar, Efesios 2:19, es como una conclusión gloriosa de esa transformación. En una sola frase, Pablo nos dice quiénes somos ahora en Cristo, y lo hace usando tres palabras que hablan de pertenencia, identidad y hogar.
Hoy no vamos a hablar de religión, vamos a hablar de familia.
No de estar cerca de Dios, sino de pertenecer a Él.
Punto 1: “Ya no sois extranjeros ni advenedizos”
(Lo que ya no somos en Cristo)
El apóstol Pablo comienza Efesios 2:19 recordándonos algo fundamental. Dice:
“Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos…”
Es importante notar cómo empieza: “ya no sois”.
Antes de decirnos quiénes somos ahora, Pablo deja claro lo que hemos dejado de ser.
En el contexto bíblico, un extranjero no tenía derechos, no tenía herencia, no tenía protección. Vivía en la tierra, pero no le pertenecía. Y un advenedizo era alguien de paso, alguien sin raíces, sin estabilidad, sin un lugar permanente.
Pablo les está diciendo a estos creyentes gentiles:
Ustedes ya no están fuera del plan de Dios. Ya no son visitantes espirituales. Ya no viven al margen del Reino.
Y esta verdad sigue siendo profundamente relevante hoy.
Porque hay muchos creyentes que, aunque asisten a la iglesia, oran y leen la Biblia, todavía viven como si fueran invitados en la casa de Dios. Caminan con culpa, con inseguridad espiritual, pensando que en cualquier momento Dios puede pedirles que se vayan.
Pero el evangelio no funciona así.
En Cristo, Dios no nos salva “a prueba”.
No nos tolera.
No nos recibe como extraños incómodos.
La gracia nos quita la etiqueta de extranjeros y advenedizos.
No estamos aquí por accidente, ni por lástima, ni por un permiso temporal. Estamos aquí porque Cristo pagó el precio para hacernos parte.
Esto también confronta la manera en que vemos a los demás.
Si Dios ya no llama extranjeros a los que Él ha recibido, ¿con qué derecho nosotros levantamos muros?
¿Con qué autoridad etiquetamos, excluimos o desconfiamos de quienes Cristo ya aceptó?
La iglesia no es un hotel espiritual donde algunos se quedan más tiempo que otros.
Es una casa donde todos los que están en Cristo tienen lugar.
Así que este primer mensaje es claro y liberador:
En Cristo, la exclusión termina.
La inseguridad espiritual termina.
La sensación de estar “de paso” se acaba.
Ya no somos extranjeros.
Ya no somos advenedizos.
Somos parte del plan eterno de Dios.
Punto 2: “Conciudadanos de los santos”
(Una nueva ciudadanía en Cristo)
Pablo continúa diciendo en Efesios 2:19:
“…sino conciudadanos de los santos…”
Después de decirnos que ya no somos extranjeros, ahora nos muestra lo que sí somos: ciudadanos.
Y no de cualquier reino, sino del Reino de Dios.
La ciudadanía habla de derechos, pero también de responsabilidades. Habla de identidad, pertenencia y lealtad. Cuando alguien es ciudadano, ya no vive bajo las leyes de otro país, sino bajo las leyes del lugar al que pertenece.
Pablo está diciendo que, en Cristo, hemos recibido una nueva ciudadanía espiritual.
Nuestro nombre está escrito en los cielos.
Nuestro destino eterno está definido.
Nuestra esperanza ya no está anclada a este mundo.
Esto significa que vivimos aquí, pero no vivimos para aquí.
Participamos de la sociedad, pero no adoptamos sus valores cuando estos contradicen el Reino.
Pensamos distinto, amamos distinto y decidimos distinto, porque pertenecemos a otro reino.
Y esto conecta profundamente con el sábado.
Cada sábado es un recordatorio de que no somos esclavos del sistema de este mundo. Descansamos porque confiamos en Dios. Guardamos el sábado porque reconocemos que nuestra ciudadanía es celestial, no terrenal.
Ser conciudadanos de los santos también significa que caminamos junto a otros que comparten la misma esperanza. No estamos solos en el camino. Somos parte de una comunidad que apunta hacia la misma patria eterna.
Pero aquí hay una pregunta importante:
¿Vivimos como ciudadanos del cielo o como residentes permanentes de este mundo?
Porque nuestra manera de hablar, de tratar a los demás, de usar nuestro tiempo y nuestros recursos revela dónde está nuestra verdadera ciudadanía.
Pablo nos recuerda que nuestra fe no es solo algo personal; es una identidad colectiva. Somos ciudadanos junto a los santos, unidos por una misma gracia y un mismo propósito.
Así que este segundo punto nos desafía y nos anima:
Punto 3: “Miembros de la familia de Dios”
(De ciudadanos a hijos)
Pablo culmina Efesios 2:19 con una verdad aún más profunda:
“…y miembros de la familia de Dios.”
Después de hablarnos de ciudadanía, Pablo da un paso más íntimo.
Porque Dios no solo nos concede un estatus legal en su Reino, sino que nos abre las puertas de su hogar.
Ser ciudadanos ya es algo grande.
Pero ser familia es algo transformador.
Aquí la relación cambia. Ya no hablamos solo de derechos y deberes, sino de amor, cercanía y pertenencia. En una familia hay nombres, hay historia compartida, hay cuidado mutuo. En una familia uno no tiene que ganarse el lugar todos los días; se pertenece por relación.
Esto nos revela el corazón del Padre.
Dios no nos salva para tener súbditos distantes, sino hijos cercanos.
No nos llama por número, nos llama por nombre.
No nos observa desde lejos, camina con nosotros.
Y si somos familia de Dios, entonces también somos hermanos entre nosotros. Eso redefine completamente lo que significa ser iglesia.
La iglesia no es un edificio.
No es un programa.
No es un evento semanal.
La iglesia es una familia espiritual.
Y como toda familia, no es perfecta. Hay diferencias, hay procesos, hay momentos de corrección. Pero también hay gracia, paciencia y amor perseverante. En la familia de Dios aprendemos a perdonar, a cargar las cargas unos de otros y a caminar juntos hacia la madurez.
Este punto también confronta nuestro corazón.
Porque no basta con decir que Dios es nuestro Padre si no estamos dispuestos a tratar a los demás como hermanos.
No podemos vivir una fe individualista dentro de una familia espiritual.
El sábado, de una manera especial, nos recuerda esta realidad. Nos reunimos no como desconocidos, sino como familia que descansa junta en Dios. Nos sentamos a la mesa espiritual del Padre, recordando que todos dependemos de la misma gracia.
Así que este es el mensaje final del texto:
En Cristo no solo tenemos salvación.
Tenemos identidad.
Tenemos ciudadanía.
Y tenemos un hogar.
Somos miembros de la familia de Dios.
Conclusión (con citas de Elena G. de White)
Hermanos, Efesios 2:19 nos ha llevado hoy por un recorrido hermoso y transformador.
En un solo versículo, el apóstol Pablo nos recordó todo lo que Dios ha hecho por nosotros en Cristo.
Éramos extranjeros, pero ya no lo somos.
Éramos personas sin derechos espirituales, pero ahora tenemos ciudadanía en el Reino de Dios.
Y no solo eso: hemos sido recibidos como miembros de la familia de Dios.
Este no es solo un lenguaje simbólico; es una realidad espiritual profunda. Elena G. de White lo expresa con mucha claridad cuando dice:
“Por medio de la obra de la redención, la familia humana ha sido unida con la familia celestial.”
(El Deseado de Todas las Gentes)
Eso significa que, en Cristo, el cielo y la tierra se encuentran. Ya no estamos aislados ni abandonados espiritualmente. Pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos. Tenemos un Padre, tenemos hermanos y tenemos un hogar eterno.
La salvación, entonces, no es solo un cambio de destino futuro, sino un cambio de identidad presente. Dios no nos salva para dejarnos solos, sino para integrarnos a su familia. Y esa verdad debe reflejarse en la vida de la iglesia.
Por eso Elena de White también nos recuerda una responsabilidad sagrada:
“La iglesia es la familia de Dios en la tierra, y todos sus miembros deben ser tratados como tales.”
(Testimonios para la Iglesia)
Si esto es verdad —y lo es— entonces nadie debería sentirse extraño, invisible o de paso en medio del pueblo de Dios. La iglesia está llamada a ser un lugar de gracia, de cuidado y de restauración, donde cada persona pueda experimentar algo del amor del Padre celestial.
En este sábado, día de descanso y de identidad, celebramos que no somos esclavos ni huérfanos espirituales. Descansamos porque pertenecemos. Descansamos porque tenemos un Padre que cuida de nosotros y una familia con la cual caminar.
Que salgamos hoy de este lugar viviendo conforme a lo que somos en Cristo:
No extranjeros.
No advenedizos.
Sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios.
Llamado Final
Hermanos, hoy hemos visto una verdad transformadora: en Cristo, ya no somos extranjeros, ni advenedizos; somos conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios.
Esta no es solo una idea bonita para recordar, es una realidad que cambia nuestra vida. Cada día podemos vivir desde esa identidad, con seguridad, propósito y amor.
Pero ahora quiero que cada uno de nosotros se pregunte:
- ¿Vivo realmente como alguien que pertenece al Reino de Dios, o sigo sintiéndome un visitante en la casa del Padre?
- ¿Estoy reflejando la ciudadanía celestial en mi vida diaria, en mi hogar, en mi trabajo y en la iglesia?
- ¿Estoy tratando a los demás como miembros de la familia de Dios, con amor, paciencia y cuidado, o todavía los veo como extraños?
Si alguna de estas preguntas te toca hoy, no lo dejes pasar.
Dios te invita a acercarte, a descansar en Él, y a recibir plenamente tu identidad:
No eres extranjero.
No eres advenedizo.
Eres ciudadano del cielo y miembro de la familia de Dios.
Como dijo Elena G. de White en El Deseado de Todas las Gentes, p. 638:
“Por medio de la obra de la redención, la familia humana ha sido unida con la familia celestial.”
Y recordemos también lo que ella nos llama a vivir en Testimonios para la Iglesia, tomo 6, p. 284:
“La iglesia es la familia de Dios en la tierra, y todos sus miembros deben ser tratados como tales.”
Hoy, Dios nos llama a recibir Su gracia, a vivir nuestra ciudadanía y a ser un hogar para los demás.
Si estás listo para aceptar esta identidad, ora conmigo en silencio y deja que Dios renueve tu corazón, tu fe y tu compromiso con Él y con Su familia.
