Sermón para las damas de la Zona II
Texto clave: Juan 20:11-16
«Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro)». Juan 20:16
Idea central
Hay momentos en los que no podemos ver a Dios, pero eso no significa que Dios no esté presente.
Propósito
Llevar a cada mujer a reconocer que Cristo conoce su nombre, comprende su historia y permanece presente aun en aquellas temporadas de la vida en las que el dolor, el cansancio o la incertidumbre dificultan reconocerlo.
INTRODUCCIÓN — CUANDO DIOS ESTÁ MÁS CERCA DE LO QUE PENSAMOS
Hay una experiencia que se repite varias veces en la Biblia y que me resulta fascinante: Dios está presente… pero alguien no se da cuenta.
Jacob duerme en Betel, despierta y exclama: «Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía». Génesis 28:16.
Los discípulos van camino a Emaús hablando de Jesús… y Jesús está caminando con ellos. Pero Lucas dice que sus ojos estaban velados y no podían reconocerlo.
Y en Juan 20 encontramos algo todavía más conmovedor. Una mujer está llorando porque piensa que Jesús no está. Y mientras llora porque cree que Jesús está ausente… Jesús está parado frente a ella.
María no estaba llorando porque no amara a Jesús. Lloraba precisamente porque lo amaba.
Quizás alguna mujer que está aquí puede entenderla. Hay lágrimas que no nacen de la falta de fe. Hay lágrimas que nacen del cansancio. Hay lágrimas que nacen de haber esperado demasiado. Hay lágrimas que nacen de haber sido fuerte durante demasiado tiempo. Hay lágrimas que nadie ve porque usted aprendió a secárselas antes de salir de casa.
Que estés llorando no significa que hayas perdido la fe. Y que en este momento no puedas reconocer lo que Dios está haciendo… no significa que Dios haya dejado de hacerlo.
1. AGAR — DIOS ESTABA EN EL DESIERTO
Antes de llegar a María quiero llevarlas al desierto. Génesis 16 presenta a una mujer llamada Agar.
Agar no era la protagonista de los planes familiares. Era la sierva. Otros tomaron decisiones que terminaron afectando profundamente su vida. Abraham tomó decisiones. Sara tomó decisiones. Y Agar terminó sufriendo las consecuencias. Finalmente huye y termina sola en el desierto.
Ella no escogió todas las circunstancias que la llevaron hasta allí. Y eso también ocurre en la vida. Hay mujeres viviendo consecuencias de decisiones que ellas no tomaron. Algunas cargan heridas producidas por otras personas. Algunas han tenido que reorganizar su vida debido a decisiones de alguien más.
Quizás una de las preguntas más difíciles que podemos hacernos es: «Señor, ¿dónde estabas cuando ocurrió esto?»
Pero en el desierto de Agar ocurre algo hermoso. Dios la encuentra. Y después de aquel encuentro ella llama a Dios: El-Roi: «El Dios que me ve». Génesis 16:13.
Qué nombre tan hermoso para Dios: El Dios que me ve. No solamente el Dios que ve multitudes. El Dios que me ve.
Mujer, hay cosas que nadie conoce completamente acerca de usted. Quizás su esposo no las conoce. Sus hijos no las conocen. Sus amigas no las conocen. Su pastor no las conoce. Pero existe alguien que conoce incluso aquellas lágrimas para las cuales usted nunca encontró palabras.
Dios la ve. Cuando nadie preguntó cómo estaba… Él la vio. Cuando ayudó a todo el mundo mientras por dentro necesitaba que alguien la ayudara… Él la vio. Cuando tuvo que continuar porque había personas dependiendo de usted… Él la vio.
Agar pensó que estaba sola en el desierto. Pero después descubrió: Él también estaba allí.
2. UNA VIUDA — DIOS ESTABA EN LA ESCASEZ
Ahora vayamos a 2 Reyes 4. Otra mujer. Otra crisis. Otro escenario donde aparentemente Dios no está.
Su esposo ha muerto. Hay deudas. El acreedor viene. Sus hijos están en peligro. Y cuando Eliseo llega le hace una pregunta: «¿Qué tienes en casa?» Ella responde: «Tu sierva ninguna cosa tiene en casa, sino una vasija de aceite».
Me encanta esa respuesta porque contiene una contradicción: «No tengo nada… excepto…» Ella estaba mirando lo que había perdido. Dios estaba mirando lo que todavía quedaba. Ella veía insuficiencia. Dios veía posibilidad. Ella veía una pequeña vasija. Dios veía el comienzo de un milagro.
No permita que lo que perdió le impida reconocer lo que Dios todavía dejó en sus manos.
Quizás ya no tiene lo que tenía antes. Quizás algunas cosas cambiaron. Quizás hay puertas que se cerraron. Quizás hubo relaciones que terminaron. Quizás hubo sueños que tuvieron que ser replanteados. Pero mientras usted dice: «Solamente me queda esto»… Dios puede estar diciendo: «Eso es suficiente para comenzar».
El milagro no comenzó cuando aparecieron muchas vasijas llenas. El milagro comenzó con una pequeña cantidad de aceite que ella todavía tenía. Y mientras hubiera vasijas vacías, el aceite continuaba fluyendo.
Qué paradoja: su vacío se convirtió en el espacio donde Dios manifestó su provisión. Tal vez algunas de las áreas vacías de nuestra vida no sean simplemente evidencia de lo que falta. Quizás puedan convertirse en lugares donde descubramos nuevamente la suficiencia de Dios.
Porque Dios también está presente cuando parece que no alcanza.
3. MARTA Y MARÍA — DIOS ESTABA EN LA DEMORA
Juan 11 nos lleva a otra casa: Betania. Lázaro está enfermo. Marta y María envían un mensaje a Jesús: «Señor, he aquí el que amas está enfermo».
Ellas hicieron exactamente lo que nosotros hacemos: oraron. Mandaron a buscar a Jesús. Pero Jesús no llegó cuando ellas esperaban. Lázaro murió.
Cuando finalmente Jesús aparece, Marta dice: «Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto». Juan 11:21. María posteriormente dice prácticamente lo mismo. Las dos hermanas tenían una conclusión: «Jesús llegó tarde».
Quizás esa sea una de las pruebas más difíciles de la fe. No cuando Dios dice «no», sino cuando parece guardar silencio. Cuando usted ha orado, ha esperado, ha creído y la respuesta no llega. Entonces aparece la pregunta: «Señor, ¿por qué no llegaste antes?»
Pero ellas descubrirían algo. Jesús no había perdido el control de la historia. Lo que parecía una demora divina terminaría convirtiéndose en el escenario de una revelación mayor. Jesús dice: «Yo soy la resurrección y la vida».
Ellas estaban esperando una solución. Jesús quería revelarles una Persona. A veces nosotros queremos que Dios cambie la circunstancia y Dios quiere primero profundizar nuestra comprensión de quién es Él.
Eso no significa que las demoras no duelan. Jesús mismo lloró frente a aquella tumba. Nuestro Dios no es indiferente al dolor. Pero las lágrimas de Jesús nos enseñan que su aparente demora nunca debe confundirse con indiferencia.
Marta pensaba: «Si hubieras estado aquí…» Pero Jesús estaba a punto de demostrar: «Todavía estoy aquí».
4. MARÍA MAGDALENA — JESÚS ESTABA FRENTE A ELLA
Ahora llegamos a Juan 20. Esta es la escena alrededor de la cual quiero construir todo el mensaje.
Jesús ha muerto. María llega al sepulcro. La piedra ha sido removida. El cuerpo no está. Pedro y Juan llegan, miran y luego regresan a casa. Pero Juan dice: «Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro». Juan 20:11.
Todos se fueron. María se quedó.
Hay algo profundamente humano en esa escena. Ella no tiene respuestas. No comprende la resurrección. No sabe dónde está Jesús. Lo único que sabe hacer en ese momento es llorar.
Entonces alguien le pregunta: «Mujer, ¿por qué lloras?» Ella responde: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Entonces se vuelve y Juan dice: «Vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús».
¡Aquí está el corazón del sermón! Jesús estaba allí, pero María no podía reconocerlo.
Ella está llorando por la ausencia de alguien que está parado frente a ella. Está preguntando: «¿Dónde está Jesús?» mientras habla con Jesús.
El dolor puede alterar nuestra percepción. El cansancio puede hacerlo. La decepción puede hacerlo. Las expectativas rotas pueden hacerlo. Podemos estar tan concentrados mirando una tumba que no reconocemos que detrás de nosotros ya comenzó la resurrección.
María estaba mirando hacia el lugar donde había dejado a Jesús. Pero Jesús ya no estaba donde ella esperaba encontrarlo.
A veces Dios no desapareció; simplemente no está actuando de la manera en que esperábamos.
5. JESÚS DIJO UNA PALABRA: «MARÍA»
Ella piensa que es el jardinero. Entonces Jesús no le presenta un argumento teológico. No le explica inmediatamente la profecía. No le da una conferencia acerca de la resurrección.
Jesús hace algo mucho más íntimo. Dice: «¡María!» Y cuando escucha su nombre… lo reconoce.
¿Por qué? Porque aquella voz la conocía. Aquella voz había hablado a su corazón. Aquella voz había transformado su historia.
Aquella voz estaba diciendo: «Yo sé quién eres». «Yo sé dónde estás». «Yo sé por qué lloras». «Yo sé lo que has vivido». «Y sigo aquí».
Queridas hermanas: Dios no las conoce solamente como «las damas de la Zona II». Él conoce nombres. Conoce historias. Conoce luchas. Conoce noches. Conoce oraciones que todavía no han recibido respuesta. Conoce aquellas cosas que ustedes nunca han contado.
Isaías 43:1 dice: «No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú».
El Dios del universo conoce su nombre.
6. CUATRO MUJERES, UNA MISMA VERDAD
Miremos nuevamente.
Agar estaba en el desierto. Y Dios estaba allí.
La viuda estaba frente a la escasez. Y Dios estaba allí.
Marta y María estaban frente a una tumba. Y Dios estaba allí.
María Magdalena lloraba pensando que Jesús había desaparecido. Y Jesús estaba allí.
Distintos escenarios. Distintas mujeres. Distintas necesidades. Pero una misma verdad: ÉL TAMBIÉN ESTABA ALLÍ.
Quizás hoy su escenario tenga otro nombre. Tal vez se llame familia, matrimonio, hijos, soledad, preocupación, ministerio, finanzas, una oración pendiente, una decisión difícil o una temporada que no comprende.
Pero quiero invitarla a no interpretar el silencio como ausencia. Que usted no pueda verlo no significa que Él no esté allí.
EL GIRO DEL MENSAJE — DE LAS LÁGRIMAS A LA MISIÓN
El relato no termina con María sintiéndose mejor. Jesús le dice: «Ve a mis hermanos, y diles…» Juan 20:17.
La mujer que llegó llorando al sepulcro sale del sepulcro convertida en mensajera.
Entró buscando un cadáver. Salió anunciando a un Cristo vivo. Entró diciendo: «No sé dónde está». Y salió diciendo: «¡He visto al Señor!» Juan 20:18.
¡Eso hace un encuentro con Jesús! No significa que usted nunca volverá a llorar. Significa que sus lágrimas ya no tendrán la última palabra. La última palabra la tiene Cristo.
LLAMADO
Quiero terminar hablando directamente al corazón de cada mujer.
Quizás usted ha sido fuerte para todos. Ha sostenido su casa. Ha animado a otros. Ha servido en la iglesia. Ha orado por sus hijos. Ha cuidado personas. Ha sonreído cuando había que sonreír. Pero quizás hay una parte de su historia donde todavía pregunta: «Señor, ¿dónde estás?»
Hoy no vengo a prometerle que mañana todo cambiará. No puedo prometerle que todas sus preguntas tendrán respuesta. Pero sí puedo recordarle lo que revela la Palabra:
Agar, Él te ve.
Viuda, todavía queda aceite.
Marta, Él sigue siendo la resurrección y la vida.
María… Él conoce tu nombre.
Quizás usted llegó hoy mirando hacia una tumba. Pero quiero invitarla a mirar nuevamente. Porque tal vez mientras usted ha estado preguntando: «Señor, ¿dónde estás?» Él ha estado mucho más cerca de lo que imaginaba.
Él también estaba allí. Estaba cuando lloraste. Estaba cuando esperaste. Estaba cuando nadie entendió. Estaba cuando tuviste que comenzar nuevamente. Estaba cuando fuiste fuerte. Y también cuando ya no pudiste serlo.
Él estaba allí. Él está aquí. Y estará contigo en lo que viene.
FRASE FINAL
«Mujer, quizás hoy no puedas entender toda tu historia…
pero no confundas el silencio de Dios con la ausencia de Dios.
Cuando no lo veías, Él estaba allí.
Cuando no lo sentías, Él estaba allí.
Cuando pensabas que caminabas sola, Él estaba allí.
Y hoy, como aquella mañana frente al sepulcro, Jesús todavía conoce tu nombre».
Si hay una mujer aquí que necesita volver a reconocer la presencia de Jesús en medio de su historia, quiero invitarla a ponerse en pie. No porque todas sus preguntas hayan sido contestadas, sino porque hoy decide creer que, aun en aquello que todavía no comprende, Cristo sigue estando presente.
«No salgas de aquí preguntando solamente dónde estaba Dios. Sal de aquí sabiendo que Él estuvo allí… y que todavía camina contigo».
OREMOS.

